Todos los que hemos estado a dieta en algún momento de
nuestras vidas hemos tenido la sensación inevitable, abrumadora y desquiciante
del “hambre”, aún en dietas normocalóricas o hipercalóricas, de mantenimiento o
volumen, no necesariamente tenemos que estar llevando una dieta “restrictiva”
para evitar el impulso de querer comer algo porque tenemos “hambre”, pero va
más allá de un simple capricho.
¿Qué es el hambre? Según el libro de Nutriología
Médica el hambre es “una expresión
fisiológica de una demanda de energía”, y por otro lado tenemos al apetito
como “un concepto complejo y amplio, el
cual consiste en la demanda de un alimento en particular. Esta sensación puede
surgir aun sin que, estrictamente, haya hambre.” Esto es lo que podemos
entender como “antojo”.
El historiador israelí Yuval Noah en su libro “Sapiens”
expone la teoría del “gen tragón”, teoría evolutiva que señala el impulso de
comer alimentos altamente energéticos, dulces o grasosos, como un impulso de
supervivencia, ya que hace 30,000 años cuando nuestros ancestros eran
cazadores-recolectores, los únicos alimentos dulces disponibles eran la fruta
madura y la miel, por lo que cuando un hombre de la edad de piedra se
encontraba con un árbol cargado de hígos, lo más sensato que podía hacer era
comer tantos como pudiera, lo que nos sugiere que el instinto de comer hasta
hartarnos de comida altamente calórica está profundamente arraigado en nuestros
genes.
El autor señala que “En la
actualidad a pesar de que vivimos en apartamentos de edificios de muchos pisos
y con frigoríficos atestados de comida, nuestro ADN piensa que todavía estamos
en la sabana. Esto es lo que nos hace tragarnos una copa grande de Ben &
Jerry´s cuando encontramos una en el congelador.”
Fisiológicamente tenemos dos mecanismos generales de regulación
del balance energético.
El
equilibrio de sustratos, donde la glucosa, los aminoácidos y los lípidos en
sus concentraciones circulantes y en sus depósitos, articulan señales de modulación
del hambre y la saciedad, cuando los depósitos disminuyen se articulan las
señales del “hambre” y cuando los depósitos se encuentran “llenos” las señales
se inhiben.
La
regulación hormonal, tenemos dos tipos de señales, las orexígenas, que son
las que producen hambre, articuladas por la ghrelina, el neuropeptido Y, y las
orexinas, por otro lado tenemos a las señales anorexígenas, que son las que
producen saciedad, articuladas por la leptina, secretada por los adipositos que
son las células del tejido graso.
En este artículo expongo brevemente los conceptos de “hambre”
y de “apetito” o “antojo, así como un tras fondo evolutivo y regulación
energética y equilibrio neuroendócrino a grandes rasgos para entender un poco
los procesos que nos hacen morir de las ganas de comer una dona de Krispy Kreme,
aunque hay otros factores ambientales, sociales, hormonales, psicológicos, etc.
que nos hacen tener preferencias por ciertos alimentos, todos hemos
experimentado la bioquímica del placer regulada por los mecanismos de respuesta
neurohormonales produciendo hormonas como la dopamina y las endorfinas que son
hormonas que nos hacen sentir “bien”.
Mi punto aquí es que contemplando todos estos aspectos tan
complejos que intervienen cuando tenemos “hambre de un pan con mermelada”, nos
alimentemos conscientemente, aprendiendo a elegir las opciones más saludables,
que cubran nuestros requerimientos energéticos y nutricionales, olvidándonos de
la idea que una dieta saludable es “fea” y “aburrida”, aprendiendo que podemos
comer bien, comer rico, estar sanos y vernos bien, todo al mismo tiempo.
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